Seguramente tenés el número guardado hace semanas, o diste mil vueltas antes de entrar a esta nota. Es normal. El inicio de un proceso terapéutico genera una mezcla de alivio e intriga: "¿Qué le voy a decir?", "¿Tengo que contarle toda mi vida?", "¿Qué pasa si me quedo en silencio?".
La realidad es que, para venir a la primera sesión, no necesitás traer un guion preparado.
No necesitás tener claridad para consultar
Uno de los miedos más comunes es sentir que el malestar es un nudo tan grande que no se puede explicar. Creemos que tenemos que llegar al consultorio con las ideas ordenadas, pero es exactamente al revés: venís a terapia para empezar a ordenar.
En este primer encuentro, mi rol es ayudarte a que esas sensaciones, preocupaciones o "ruidos" que tenés en la cabeza empiecen a tomar forma de palabra. No buscamos una biografía completa; buscamos entender qué es lo que hoy te hace ruido y cómo te estás sintiendo.
Un espacio de libertad (y sin juicios)
A diferencia de una charla con una amiga o un familiar, acá no hay respuestas "correctas" ni expectativas que cumplir. La primera sesión es el inicio de un vínculo de confianza donde:
- Podés decir lo que quieras: No hay temas "tontos" ni "poco importantes".
- Podés no saber qué decir: El silencio también es parte del proceso y yo te voy a acompañar en eso.
- No vas a ser juzgada/o: Es un espacio seguro para que tu palabra circule con libertad.
El primer paso es el más difícil
La primera sesión suele durar entre 45 y 50 minutos y el objetivo principal es que te sientas cómoda/o. Es un momento para conocernos y ver cómo podemos trabajar juntos sobre eso que hoy te preocupa.
No esperes a tener todas las respuestas para consultar. La claridad no es un requisito para empezar terapia; la claridad es lo que construimos sesión a sesión.


