Cambiás de pareja, pasan los meses y, de repente, sentís un sabor amargo conocido. Aunque la persona es otra, el conflicto es el mismo: sentís que no te dan prioridad, que tenés que "adivinar" lo que el otro siente o que terminás cuidando a alguien que no te cuida a vos.
"Tengo un imán para este tipo de personas", es la conclusión lógica a la que muchos llegan. Pero, ¿es realmente mala suerte o hay algo más?
Lo conocido se siente "seguro" (aunque duela)
A veces, tenemos una tendencia a repetir situaciones que ya conocemos. No es que busquemos sufrir a propósito; es que nuestra mente suele inclinarse hacia lo que le resulta familiar, incluso cuando eso que conocemos ya no nos hace bien.
Si en tu historia aprendiste que el amor viene acompañado de distancia, de exigencia o de silencio, es muy probable que, sin darte cuenta, busques escenarios donde esas dinámicas se repitan. Lo nuevo asusta, y lo conocido —aunque sea doloroso— nos da una falsa sensación de seguridad porque ya sabemos cómo movernos ahí.
Salir del papel de "víctima del destino"
Es común preguntarse "por qué siempre elijo mal". Pero la pregunta que nos hacemos en terapia es un poco distinta: ¿Para qué elijo a estas personas? ¿Qué parte de mi historia estoy tratando de resolver en este vínculo?
Dejar de pensar que "son todos iguales" es el primer paso para recuperar el poder. Si el patrón es tuyo, la solución también está en vos.
Empezar a elegir distinto
Entender tus patrones de pareja no se logra con un test de revista ni con consejos de amigos. Se logra desarmando tu propia historia y entendiendo qué lugar ocupás vos en esos vínculos.
El espacio de terapia es para que dejes de actuar en piloto automático. Cuando lográs ver los hilos que manejan tus elecciones, podés decidir dejar de repetir el mismo guion y empezar a construir relaciones que, por fin, se sientan diferentes.



